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El proyecto político del movimiento libertario

Lunes 1ro de mayo de 2017

Los procesos de análisis y debate entre las distintas organizaciones, colectivos, grupos y personas que se sienten vinculadas al movimiento libertario han supuesto siempre una asignatura compleja de abordar y difícil de resolver. Más allá de la coordinación en temas y acciones puntuales, existe en nuestra historia más reciente una dinámica patente y normalizada hacia la atomización y dispersión del propio movimiento. Los intentos por romper estas dinámicas, por establecer espacios donde poder razonar, debatir experiencias y extraer conclusiones, si proceden, suelen ser pequeños oasis dentro de la infinidad de espacios y prácticas en las cuales está inmerso el movimiento. Podríamos recordar, entre otras, las cinco citas del evento ibérico “Buscando el Norte” (València, Sant Boi, Luarca, Madrid y Barcelona), e incluso, propuestas de carácter internacional que supusieron espacios para el debate pero escasos progresos a nivel organizativo. En este sentido, y por la repercusión que tuvo en su momento, el artículo de diciembre de 2014 de Carlos Taibo (http://www.carlos-taibo.com/articulos/texto/?id=500#) animaba a la reflexión e invitaba, en base a nuestra propia responsabilidad sobre lo colectivo, directamente a la creación de nuevas estructuras confederales y abiertas a la sociedad.

Desde entonces, organizaciones como Embat en Catalunya (http://embat .info) o Apoyo Mutuo en Madrid (http://apoyo-mutuo.net) han acogido a activistas sociales vinculadas a las prácticas libertarias y realizado innumerables presentaciones de sus actividades e iniciativas como podemos comprobar en sus webs. Por el contrario, algunos intentos de sumar organizaciones y colectivos en plataformas organizativas, como la propuesta de finales de 2015 de Juventudes Libertarias en València de establecer un Frente Común Libertario sobre cinco ejes de trabajo, han pasado sin pena ni gloria entre gran parte de los grupos que podían haberlas considerado y debatido abiertamente para intentar una inicial andadura. En el mismo sentido podríamos hablar de cómo suelen ser las relaciones, más allá de -como dijimos anteriormente- acciones concretas, entre las organizaciones que se reclaman herederas del anarcosindicalismo, o la cantidad de discusiones sobre la “pureza anarquista” que seguimos encontrando en la red y que, principalmente, sirven para seguir alimentando tensiones y enfrentamientos.

Aunque para algunas personas y colectivos el movimiento libertario es incompatible con un proyecto político, lo bien cierto es que la actividad transfo madora en lo social, que se respalda desde dicho movimiento, tiene que responder, obviamente, a la necesaria articulación de estrategias, a corto y medio plazo, que tengan como finalidad la construcción de una sociedad libertaria. Dichas acciones, por tanto, responderán a los objetivos establecidos y acordados bajo las premisas o principios que se abogan desde el propio movimiento (asamblearismo y nula jerarquización, solidaridad y apoyo mutuo, acción directa, etc.). Esta metodología es netamente política. Asimismo, pensar que dichos principios no responden a criterios políticos es rizar el dogmatismo a niveles supremos.

Dicho esto, es constatable que en la construcción de esos espacios de análisis y debate políticos aún quedan muchos pasos a realizar en muchos lugares, recientemente se presentaba en Zaragoza Aunar (http://aunar.org/), pero también falta un apoyo decidido de muchas organizaciones y colectivos para consolidar y visualizar lo que, por otro lado, muchas personas observamos respecto a la infinidad de iniciativas y proyectos que nacen dentro de la “galaxia” libertaria o funcionan bajo los principios organizativos (políticos) de la misma.

Sumando argumentos a los que podemos encontrar en las webs anteriormente reseñadas sobre la importancia y necesidad de estas estructuras organizativas, añadiríamos dos más. El primero de carácter emocional, simbólico, y un segundo de índole histórica y estructural.

Releyendo el soberbio ensayo Los anarquistas españoles de Murray Bookchin, podemos encontrar un capítulo final de conclusiones donde el autor se pregunta sobre los factores que influyeron en la CNT, y por extensión en todo el movimiento libertario de aquella época, para que se pusiera en marcha semejante proceso revolucionario.

Las conclusiones que se apuntan son variadas pero existe una que Murray considera esencial. Esta apuntaría hacia la creencia generalizada de que estaban contribuyendo a la creación de una nueva sociedad basada en los valores que tanto anhelaban conseguir. Esta creencia constructiva animó y lleno de ilusión a millones de personas en el sentimiento de pertenencia a un movimiento común de mayor envergadura, independientemente de la filiación individual a ateneos, grupos o sindicatos, su espacio vital rural o urbano, o a las corrientes que más profesaban. Lógicamente, fueran conscientes o no de ello, el estado emocional individual influye en la construcción de lo colectivo de una forma determinante. Por el contrario, cuando se somete a las personas a unas condiciones extremas resulta mucho más complejo que establezcan vínculos de solidaridad entre ellas ya que la lucha por la supervivencia adquiere un carácter alejado de cualquier racionalidad y desata la búsqueda de salidas totalmente individualizadas, un sálvese quien pueda y como pueda.

El segundo argumento entronca, por un lado el contexto histórico en el que nos movemos y la necesidad estructural del poder en seguir perpetuándose pase lo que pase con el actual modelo capitalista globalizado (o sea, independientemente de que su colapso tarde 5 o 50 años) con la lógica de cómo “vemos” desde cada una de nosotras el mundo que nos rodea, y principalmente, cómo lo van absorbiendo las nuevas generaciones. Desde estas premisas no podemos más que estar alarmadas y preparadas respecto al crecimiento exponencial de las organizaciones y partidos ultraderechistas en muchos lugares del continente europeo, en la más que evidente confirmación de que los Estados nación siguen y van a seguir condicionando nuestras vidas y, por último, en la reflexión de que hay que construir y consolidar alternativas sólidas a las nuevas estructuras totalitarias que se están afianzando en el subconsciente colectivo. No querer darnos cuenta de la “ magia atrayente” que ejerce el poder, de su supuesta eficacia para sacarnos del “ abismo” social en el que nos encontramos y, además, de “ proteger nos” de la hostilidad del mundo que nos rodea es no acabar de entender cómo ese poder “enamora” a la gente y, sobre todo, a las generaciones que inician su camino. El fascismo disperso, difuso, ambiental del que habla Antonio Méndez Rubio en su libro Fascismo de Baja Intensidad es un hecho a tener muy en cuenta. Y son esos microfascismos individuales, personales, pequeños, los que alimentan la bestia.

Finalmente la suma de esfuerzos en apoyo de nuestras acciones y proyectos multiplica su eficacia y su difusión en más capas de la población. En esta consideración, tener un proyecto político común es fundamental si queremos salir del aislamiento al que se nos somete (y en ocasiones nos sometemos) y poder dar alter nativas viables al sistema económico social (político) de dominación llamado capitalismo.

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